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“El Duende” (Cuentos Para La Ternura) de María Gallardo #Cuentosdidácticos

Bello, tierno y cargado de un hermoso significado.
Si tienen un par de minutos libres, no duden en leerlo. Les gustará.

The Last Island

EL DUENDE

Esta historia ocurrió realmente y debes creer en ella ó de lo contrario no tendrá sentido que te la cuente. Ten en cuenta que también podría haberte sucedido a ti así que presta muchísima atención:

albert-edelfelt-1 Obra del pintor finlandés Albert Edelfelt (1854 – 1905)

Erase que se era una vez, hace mucho tiempo, un niño, hijo único, lo que le hacía inmensamente feliz porque sus padres se desvivían por él y de este modo andaban las cosas cuando cierto día, el cartero se apareció en el hogar de la familia con un sospechoso paquete entre los brazos envuelto en papel de regalo. Nadie sabía de dónde provenía pues no aparecía ningún remitente pero lo que sí que había era destinatario. ¿Adivinas quién? Pues resulta que el más pequeño de la casa. Sorprendido, ¿verdad? Emocionado e intrigado, el niño se apresuró a desenvolver su regalo y menuda impresión se…

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Publicado por en agosto 16, 2016 en Books, Short Story

 

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“El almohadón de plumas” – Horacio Quiroga

“El almohadón de plumas” – Horacio Quiroga

Horacio Quiroga (Uruguay 1878-Buenos Aires 1937) fue el gran cuentista latinoamericano de la primera mitad del siglo XX. Siempre se sintió atraído por los temas que abarcaban aspectos extraños de la naturaleza, por lo general teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento para los seres humanos, y en particular, para los personajes centrales de sus cuentos. Su obra más emblemática es “Cuentos de amor de locura y de muerte, publicada en 1917.

“El almohadón de plumas” pertenece a esta recopilación de cuentos que logró consagrar al escritor uruguayo como el maestro latinoamericano del relato breve. Un relato de gran fuerza expresiva a la vez que sencilla para el lector, con los tres tópicos de sus relatos en uno solo: amor, locura y muerte, en ese mismo orden. Fascinante, sorprendente y aterrador. Espero que lo disfruten.

 El almohadón de plumas
 [Cuento. Texto completo.]

Horacio Quiroga

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Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en

pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el 

rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. 

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917

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Publicado por en agosto 3, 2014 en Books, Short Story

 

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“The Signal-Man” by Charles Dickens

“The Signal-Man” by Charles Dickens

No. 1 Branch Line: The Signal-Man

“Halloa! Below there!”

     <When he heard a voice thus calling to him, he was standing at the door of his box, with a flag in his hand, furled round its short pole. One would have thought, considering the nature of the ground, that he could not have doubted from what quarter the voice came; but instead of looking up to where I stood on the top of the steep cutting nearly over his head, he turned himself about, and looked down the Line. There was something remarkable in his manner of doing so, though I could not have said for my life what. But I know it was remarkable enough to attract my notice, even though his figure was foreshortened and shadowed, down in the deep trench, and mine was high above him, so steeped in the glow of an angry sunset, that I had shaded my eyes with my hand before I saw him at all.

     “Halloa! Below!”

     From looking down the Line, he turned himself about again, and, raising his eyes, saw my figure high above him.

     “Is there any path by which I can come down and speak to you?”

     He looked up at me without replying, and I looked down at him without pressing him too soon with a repetition of my idle question. Just then there came a vague vibration in the earth and air, quickly changing into a violent pulsation, and an oncoming rush that caused me to start back, as though it had a force to draw me down. When such vapor as rose to my height from this rapid train had passed me, and was skimming away over the landscape, I looked down again, and saw him refurling the flag he had shown while the train went by.

     I repeated my inquiry. After a pause, during which he seemed to regard me with fixed attention, he motioned with his rolled-up flag towards a point on my level, some two or three hundred yards distant. I called down to him, “All right!” and made for that point. There, by dint of looking closely about me, I found a rough zigzag descending path notched out, which I followed.>

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So begins this short story by Charles Dickens. If you have occasion to read the whole thing, you will find a disturbing supernatural and psychological history, where elegance and terror go hand in hand. “The Signal-Man” first published as part of the Mugby Junction collection in the 1866 Christmas edition of All the Year Round.

The railway “signal-man” of the title tells the narrator of a ghost that has been haunting him. Each spectral appearance precedes a tragic event on the railway on which the signalman works. The signalman’s work is at a signal-box in a deep cutting near a tunnel entrance on a lonely stretch of the railway line, and he controls the movements of passing trains. When there is danger, his fellow signalmen alert him by telegraph and alarms. Three times, he receives phantom warnings of danger when his bell rings in a fashion that only he can hear. Each warning is followed by the appearance of the spectre, and then by a terrible accident.

Maybe not one of the most popular stories written by Dickens but its reading is highly recommended and certainly one of my favorites.

 
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Publicado por en julio 23, 2014 en Short Story

 

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“El huésped de Drácula” – Bram Stoker

“El huésped de Drácula” – Bram Stoker

El nombre de Bram Stoker irá por siempre unido al del vampiro más sangriento, inquietante y también romántico de la obra maestra de la literatura gótica: Drácula.  Una de mis favoritas de este género. Este escritor irlandés nacido en el seno de una familia burguesa, austera y progresiva en el año 1847, dio mucha importancia a la cultura. Durante los primeros años de su vida, la salud de Stoker fue muy delicada, por lo que pasaba mucho tiempo en casa, acompañado de su madre, quien le contaba historias de misterio y fantasmas para entretenerlo, las que seguramente serían fuente de inspiración para sus relatos de terror y su reconocida novela Drácula.

A los 64 años de edad, la sífilis se llevó la vida de Bram Stoker, en una miserable pensión de la ciudad de Londres. Se cuenta que en sus últimos momentos no paraba de señalar un rincón de la habitación, mientras repetía sin cesar la palabra “Strigoi” que en rumano significa vampiro.

Después de su muerte, su esposa se encargó de su legado literario y dio a conocer obras como la que aquí les recomiendo: El huésped de Drácula la cual fue escrita como antesala de su célebre novela. Aquí podemos intuir al Conde sólo como una peligrosa y poderosa amenaza. Las retorcidas características del Conde Drácula que todos ya conocemos y que han hecho de esta novela lo que es hoy en día, ya empiezan a perfilarse en esta historia que te atrapa con la fuerza inquietante de su atmosfera.

Castillo en que se cree vivió Vlad Tepes

Castillo en que se cree vivió Vlad Tepes

El huésped de Drácula
[Cuento. Texto completo.]Bram Stoker
 

Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d’hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:

-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.

Johann le contestó con un enfático:

-Ja, mein Herr.

Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.

Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:

-Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?

Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:

-Walpurgis Nacht.

Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije:

-Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.

Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:

-Walpurgis Nacht!

Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal…. y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:

-Enterrados…, estar enterrados los que matarse ellos mismos.

Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.

-¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!

Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.

Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:

-Suena como lobo…, pero no hay lobos aquí, ahora.

-¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?

-Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.

Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo:

-La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.

Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.

Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.

-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo.

Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:

-Es maldito.

-¿Qué es lo que es maldito? -inquirí.

-El pueblo.

-Entonces, ¿hay un pueblo?

-No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.

Me devoraba la curiosidad:

-Pero dijo que había un pueblo.

-Había.

-¿Y qué pasa ahora?

Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!…. y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no…. no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:

-Tiene usted miedo, Johann… tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann… La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.

Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.

Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.

Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.

Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.

El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.

Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.

Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.

En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.

Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:

CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801

En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.

Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:

Los muertos viajan de prisa

Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!

La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo…, sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.

Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos… Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.

Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.

Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla…, una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.

Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.

Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.

Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.

-¡Buenas noticias, camaradas! -gritó-. ¡Su corazón todavía late!

Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:

-¿Lo hallaron?

La respuesta fue apresurada:

-¡No! ¡No! ¡Vámonos…. pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!

-¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.

La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.

-¡Era… era… una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.

-¡Era un lobo…, sin embargo, no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose.

-No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.

-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto.

-Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él… ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.

El oficial miró mi garganta y replicó:

-Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.

-¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial.

-Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.

El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.

Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.

-¡Un gran perro! Eso no era ningún perro -interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.

El joven oficial le respondió con calma:

-Dije un perro.

-¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:

-Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.

Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.

Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d’hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.

-Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?

Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:

-Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.

-Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté.

-El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.

-¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?

-¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:

BISTRITZ

«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. – Drácula.

Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d’hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas…, y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.

FIN

 
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Publicado por en marzo 1, 2014 en Books, Short Story

 

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“A Haunted House” by Virginia Woolf

“A Haunted House” by Virginia Woolf

A Haunted House

Whatever hour you woke there was a door shutting. From room to room they went, hand in hand, lifting here, opening there, making sure–a ghostly couple.

“Here we left it,” she said. And he added, “Oh, but here tool” “It’s upstairs,” she murmured. “And in the garden,” he whispered. “Quietly,” they said, “or we shall wake them.”

But it wasn’t that you woke us. Oh, no. “They’re looking for it; they’re drawing the curtain,” one might say, and so read on a page or two. “Now they’ve found it,’ one would be certain, stopping the pencil on the margin. And then, tired of reading, one might rise and see for oneself, the house all empty, the doors standing open, only the wood pigeons bubbling with content and the hum of the threshing machine sounding from the farm. “What did I come in here for? What did I want to find?” My hands were empty. “Perhaps its upstairs then?” The apples were in the loft. And so down again, the garden still as ever, only the book had slipped into the grass.

But they had found it in the drawing room. Not that one could ever see them. The windowpanes reflected apples, reflected roses; all the leaves were green in the glass. If they moved in the drawing room, the apple only turned its yellow side. Yet, the moment after, if the door was opened, spread about the floor, hung upon the walls, pendant from the ceiling–what? My hands were empty. The shadow of a thrush crossed the carpet; from the deepest wells of silence the wood pigeon drew its bubble of sound. “Safe, safe, safe” the pulse of the house beat softly. “The treasure buried; the room . . .” the pulse stopped short. Oh, was that the buried treasure?

A moment later the light had faded. Out in the garden then? But the trees spun darkness for a wandering beam of sun. So fine, so rare, coolly sunk beneath the surface the beam I sought always burned behind the glass. Death was the glass; death was between us, coming to the woman first, hundreds of years ago, leaving the house, sealing all the windows; the rooms were darkened. He left it, left her, went North, went East, saw the stars turned in the Southern sky; sought the house, found it dropped beneath the Downs. “Safe, safe, safe,” the pulse of the house beat gladly. ‘The Treasure yours.”

The wind roars up the avenue. Trees stoop and bend this way and that. Moonbeams splash and spill wildly in the rain. But the beam of the lamp falls straight from the window. The candle burns stiff and still. Wandering through the house, opening the windows, whispering not to wake us, the ghostly couple seek their joy.

“Here we slept,” she says. And he adds, “Kisses without number.” “Waking in the morning–” “Silver between the trees–” “Upstairs–” ‘In the garden–” “When summer came–” ‘In winter snowtime–” “The doors go shutting far in the distance, gently knocking like the pulse of a heart.

Nearer they come, cease at the doorway. The wind falls, the rain slides silver down the glass. Our eyes darken, we hear no steps beside us; we see no lady spread her ghostly cloak. His hands shield the lantern. “Look,” he breathes. “Sound asleep. Love upon their lips.”

Stooping, holding their silver lamp above us, long they look and deeply. Long they pause. The wind drives straightly; the flame stoops slightly. Wild beams of moonlight cross both floor and wall, and, meeting, stain the faces bent; the faces pondering; the faces that search the sleepers and seek their hidden joy.

“Safe, safe, safe,” the heart of the house beats proudly. “Long years–” he sighs. “Again you found me.” “Here,” she murmurs, “sleeping; in the garden reading; laughing, rolling apples in the loft. Here we left our treasure–” Stooping, their light lifts the lids upon my eyes. “Safe! safe! safe!” the pulse of the house beats wildly. Waking, I cry “Oh, is this your buried treasure? The light in the heart.”

Virginia Woolf

Virginia Woolf

 
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Publicado por en enero 10, 2014 en Short Story

 

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“Knock” by FREDRIC BROWN

“Knock” by FREDRIC BROWN

 “Knock“, written by Fredric Brown, is a science fiction short story that starts with a short-short story based on a text of Thomas Bailey Aldrich.

The first two lines are a complete story by themselves:

The last man on Earth sat alone in a room. There was a knock on the door…

Knock by FREDRIC BROWN

    There is a sweet little horror story that is only two sentences long:
    “The last man on Earth sat alone in a room There was a knock  on  the
door…”
    Two sentences and an ellipsis of three dots. The horror,  of  course,
isn’t in the two sentences at all; it’s in the ellipsis, the  implication:
what knocked at the door? Faced with the unknown, the human mind  supplies
something vaguely horrible.
    But it wasn’t horrible, really.
    The last man on Earth – or in the universe, for  that  matter  –  sat
alone in a room. It was a rather peculiar  room.  He’d  just  noticed  how
peculiar it was and he’d been studying out the reason for its peculiarity.
His conclusions didn’t horrify him, but it annoyed him.
    Walter Phelan, who had been associate professor  of  anthropology  at
Nathan University up until the time two days ago  when  Nathan  University
had ceased to exist, was not a man who horrifled easily. Not  that  Walter
Phelan was a heroic figure, by any wild stretch of the imagination. He was
slight of stature and mild of disposition. He wasn’t much to look at,  and
he knew it.
    Not that his appearance worried him now. Right now,  in  fact,  there
wasn’t much feeling in him. Abstractedly,  he  knew  that  two  days  ago,
within the space of an hour, the human race had been destroyed, except for
him and, somewhere, a woman – one woman. And that was a fact which  didn’t
concern Walter Phelan in the slightest degree. He’d probably never see her
and didn’t care too much if he didn’t.
    Women just hadn’t been a factor in Walter’s  life  since  Martha  had
died a year and a half ago. Not that Martha hadn’t  been  a  good  wife  –
albeit a bit on the bossy side. Yes, he’d loved Martha, in a  deep,  quiet
way. He was only forty now, and he’d been only  thirty-eight  when  Martha
had died, but – well – he just hadn’t thought about women since then.  His
life had been his books, the ones he read and the ones he wrote. Now there
wasn’t any point in writing books, but he had the  rest  of  his  life  to
spend in reading them.
    True, company would be nice, but he’d get  along  without  it.  Maybe
after a while, he’d get so he’d enjoy the occasional company of one of the
Zan, although that was a bit difficult to imagine. Their thinking  was  so
alien  to  his  that  there  seemed  no  common  ground  for   discussion,
intelligent though they were, in a way.
    An ant is  intelligent,  in  a  way,  but  no  man  ever  established
communication with an ant. He thought of the Zan, somehow, as  super-ants,
although they didn’t look like ants, and he  had  a  hunch  that  the  Zan
regarded the human race as the human  race  had  regarded  ordinary  ants.
Certainly what they’d done to Earth had been what men did to ant hills-and
it had been done much more efficiently.

    But they had given him plenty of books. They’d been nice about  that,
as soon as he had told them what he wanted, and he had told them that  the
moment he had learned that he was destined to spend the rest of  his  life
alone in this room. The rest of his life,  or  as  the  Zan  had  quaintly
expressed it, forev-er. Even a brilliant mind – and the Zan obviously  had
brilliant minds – has its idiosyncracies. The Zan  had  learned  to  speak
Terrestrial English in a manner of hours but they persisted in  separating
syllables. But we disgress.
    There was a knock on the door.
    You’ve got it all now, except the three dots, the ellipsis,  and  I’m
going to fill that in and show you that it wasn’t horrible at all.
    Walter Phelan called out, “Come in,” and the door opened. It  was  of
course, only a Zan. It looked exactly like the other Zan; if there was any
way of telling one of them from another, Walter hadn’t found  it.  It  was
about four feet tall and it looked like nothing on earth –  nothing,  that
is, that had been on Earth until the Zan came there.
    Walter said, “Hello, George.” When he’d learned that none of them had
names he decided to call them all George, and the Zan didn’t seem to mind.
    This one said, “Hel-lo, Wal-ter.” That was ritual; the knock  on  the
door and the greetings. Walter waited.
    “Point one,” said the Zan “You will please hence-forth sit with  your
chair turned the other way.”
    Walter said, “I thought so, George. That plain  wall  is  transparent
from the other side, isn’t it?”
    “It is trans-par-ent.”
    “Just what I thought I’m in a zoo Right?”
    “That is right.”
    Walter sighed. “I knew it. That plain, blank wall, without  a  single
piece of furniture against it. And made of something  different  from  the
other walls. If I persist in sitting with my back to it,  what  then?  You
will kill me? – I ask hopefully.”
    “We will take a-way your books.”
    “You’ve got me there George. All right I’ll face the other way when I
sit and read. How many other animals besides me are in this zoo of yours?”
    “Two hun-dred and six-teen.”
    Walter shook his head. “Not complete, George. Even a bush league  zoo
can beat that – could beat that, I mean, if there  were  any  bush  league
zoos left. Did you just pick at random?”
    “Ran-dom sam-ples yes All spe-cies would have been  too  man-y.  Male
and female each of one hun-dred and eight kinds,”
    “What do you feed them? The carnivorous ones, I mean.”
    “We make food Syn-thet-ic.”
    “Smart,” said Walter. “And the flora? You got a collection  of  that,
too?”
    “Flo-ra was not hurt by vi-bra-tions. It is all still grow-ing.”
    “Nice for the flora,” said Walter. “You weren’t as hard on it,  then,
as you were on the fauna, Well, George, you started out with ‘point  one.’
I deduced there is a point two kicking around somewhere. What is it?”
    “Some-thing we do not un-der-stand. Two of the oth-er a-nimals  sleep
and do not wake? They are cold.”
    “It happens in the best regulated zoos, George,” Walter Phelan  said.
“Probably not a thing wrong with them except that they’re dead.”
    “Dead? That means stopped. But nothing stopped them. Each was a-lone.”
    Walter stared at the Zan. “Do you mean, George, you don’t  know  what
natural death is?”
    “Death is when a be-ing is killed, stopped from liv-ing.”
    Walter Phelan blinked. “How old are you, George?” he asked.
    “Six-teen-you would not know the word. Your pla-net went a-round your
sun a-bout sev-en thou-sand times, I am still young.”
    Walter whistled softly. “A babe in arms,” he said. He thought hard  a
moment. “Look, George,” he said, “you’ve got something to learn about this
planet you’re on. There’s a guy here who doesn’t  hang  around  where  you
come from. An old man with a beard and a scythe and  an  hour-glass.  Your
vibrations didn’t kill him.”
    “What is he?”
    “Call him the Grim Reaper, George. Old  Man  Death.  Our  people  and
animals live until somebody – Old Man Deathstops them ticking.”
    “He stopped the two crea-tures? He will stop more?”

    Walter opened  his  mouth  to  answer,  and  then  closed  it  again.
Something in the Zan’s voice indicated that there would be a worried frown
on his face, if he had had a face recognizable as such.
    “How about taking me to these animals  who  won’t  wake  up?”  Walter
asked. “Is that against the rules?”
    “Come,” said the Zan.
    That had been the afternoon of  the  second  day.  It  was  the  next
morning that the Zan came back, several of them. They began to move Walter
Phelan’s books and furniture. When they’d finished that, they  moved  him.
He found himself in a much larger room a hundred yards away.
    He sat and waited and this time, too, when there was a knock  on  the
door, he knew what was coming and politely stood up. A Zan opened the door
and stood aside. A woman entered.
    Walter bowed shghtly, “Walter  Phelan,”  he  said,  “in  case  George
didn’t tell you my name. George tries to be polite, but  he  doesn’t  know
all of our ways.”
    The woman seemed calm; he was glad to notice that. She said, “My name
is Grace Evans, Mr. Phelan. What’s this all about? Why did they  bring  me
here?”
    Walter was studying her as she talked. She was tall, fully as tall as
he, and well-proportioned.  She  looked  to  be  somewhere  in  her  early
thirties, about the age Martha had been. She had the same calm  confidence
about her that  be’d  always  liked  about  Martha,  even  though  it  had
contrasted with his own easy-going informality. In fact,  he  thought  she
looked quite a bit like Martha.
    “I think I know why they brought you here but let’s go back  a  bit,”
he said. “Do you know just what has happened otherwise?”
    “You mean that they’ve – killed everyone?”
    “Yes. Please sit down. You know how they accomplished it?”  She  sank
into a comfortable chair nearby. “No,” she said, “I don’t know  just  how.
Not that it matters does it?”
    “Not a lot. But here’s the story – what I know of it from getting one
of them to talk, and from piecing things together.  There  isn’t  a  great
number of them – here, anyway. I don’t know how numerous a race  they  are
where they came from and I don’t know where that is, but  I’d  guess  it’s
outside the Solar System. You’ve seen the space ship they came in?”
    “Yes It’s as big as a mountain.”
    “Almost. Well it has equipment for emitting some sort of a  vibration
– they call it that, in our language, but I imagine it’s more like a radio
wave than a sound vibration – that destroys all animal life. It – the ship
itself – is insulated against the vibration.  I  don’t  know  whether  its
range is big enough to kill off the whole planet at once, or whether  they
flew in circles around the earth, sending out the vibratory waves. But  it
killed everybody and everything instantly and,  I  hope,  painlessly.  The
only reason we, and the other two-hundredodd animals in this zoo,  weren’t
killed was because we were  inside  the  ship.  We’d  been  picked  up  as
specimens. You do know this is a zoo, don’t you?”
    “I – I suspected it.”
    “The front walls are transparenl from the outside The Zan were pretty
clever at fixing up the inside  of  each  cubicle  to  match  the  natural
habitat of the creature it contains. These cubicles, such as the one we’re
in, are of plastic, and they’ve got a machine that makes one in about  ten
minutes, If Earth had had  a  machine  and  a  process  like  that,  there
wouldn’t have been any housing shortage. Well,  there  isn’t  any  housing
shortage now, anyway. And I imagine that the human race – specifically you
and I – can stop worrying about  the  A-bomb  and  the  next  war.The  Zan
certainly solved a lot of prohlems for us.”
    Grace Evans smiled faintly. “Another case  where  the  operation  was
successful, but the patient died. Things were in an  awful  mess.  Do  you
remember being captured? I don’t. I went to sleep one night and woke up in
a cage on the space ship.”
    “I don’t remember either ” Walter said. “My hunch is that  they  used
the vibratory waves at low intensity first, just enough to  knock  us  all
out. Then they cruised around, picking up samples more or less  at  random
for their zoo. After they had as many as they wanted, or as many  as  they
had space in the ship to hold, they turned on the juice all the  way.  And
that was that. It wasn’t until yesterday they knew they’d made  a  mistake
and had underestimated us. They thought we were immortal, as they are.”
    “That we were – what?”
    “They can be killed but they don’t know what natural death  is.  They
didn’t anyway, until yesterday. Two of us died yesterday.”
    “Two of – Oh!”
    “Yes, two of us animals in their zoo. One was a snake and one  was  a
duck. Two species gone irrevocably. And by the Zan’s way of figuring time,
the remaining member of each species is going to live only a few  minutes,
anyway. They figured they had permanent specimens.”
    “You mean they didn’t realize what short-lived creatures we are?”
    “That’s right,” Walter said. “One of them is young at seven  thousand
years, he told me. They’re bi-sexual themselves,  incidentally,  but  they
probably breed once every ten thousand years  or  thereabouts.  When  they
learned yesterday how ridiculously short a life expectancy we  terrestrial
animals have, they were probably shocked to the core – if they have cores.
At any rate they decided to reorganize their zoo – two by two  instead  of
one  by  one.  They  figure  we’ll  last  longer   collectively   if   not
individually.”
    “Oh!” Grace Evans stood up and there was a taint flush on  her  face.
“If you think – If they think -” She turned toward the door.
    “It’ll be locked,” Walter Phelan said calmly “But don’t worry.  Maybe
they think, but I don’t think. You needn’t even tell me you wouldn’t  have
me if I  was  the  last  man  on  Earth;  it  would  be  corny  under  the
circumstances.”
    “But are they going to keep us locked up together in this one  little
room?”
    “It isn’t so little; we’ll get by.I can sleep  quite  comfortably  in
one of these overstuffed chairs. And don’t think I don’t  agree  with  you
perfectly, my dear. All personal considerations aside, the least favor  we
can do the human race is to let it end with us and not he perpetuated  for
exhibition in a zoo.”
    She said “Thank you,” almost inaudibly, and the  flush  receded  from
her checks. There was anger in her eyes, but Walter knew  that  is  wasn’t
anger at him. With her eyes sparkling like that, she  looked  a  lot  like
Martha, he thought.
    He smiled at her and said, “Otherwise -‘
    She started out of her chair, and for an instant he thought  she  was
going to come over and slap him.Then she sank back wearily. “If you were a
man, you’d be thinking of some way to – They can be killed, you said?” Her
voice was bitter.
    “The Zan? Oh, certainly. I’ve been studying them. They look  horribly
different from us, but I think they have  about  the  same  metabolism  we
have, the same type of circulatory system, and probably the same  type  of
digestive system. I think that anything that would kill one  of  us  would
kill one of them.”
    “But you said -”
    “Oh, there are differences, of course. Whatever factor it is  in  man
that ages him, they don’t have. Or else they  have  some  gland  that  man
doesn’t have, something that renews cells.”

    She had forgolten her anger now.  She  leaned  forward  eagerly.  She
said, “I think that’s right. And I don’t think they feel pain.”
    “I was hoping that. But what makes you think so, my dear?”
    “I stretched a piece of wire that I found in the desk of  my  cubicle
across the door so my Zan would fall over it. He did, and the wire cut his
leg.”
    “Did he bleed red?”
    “Yes but it didn’t seem to annoy him. He didn’t  get  mad  about  it;
didn’t even mention it. When he came back  the  next  time,  a  few  hours
later, the cut was one. Well, almost gone. I could see just  enough  of  a
trace of it to be sure it was the same Zan.”
    Walter Phelan nodded slowly.
    “He wouldn’t get angry, of course,” he  said.  “They’re  emotionless.
Maybe, if we killed one, they wouldn t even punish us. But it wouldn’t  do
any good. They’d just give us our food through a trap door and treat us as
men would have treated a zoo animal that had killed a keeper. They’d  just
see that he didn’t have a crack at any more keepers.
    “How many of them are there?” she asked.
    “About two hundred, I think,  in  this  particular  space  ship.  But
undoubtedly there are many more where they came from. I have a hunch  this
is just an advance guard, sent to clear off this planet and make  it  safe
for Zan occupancy,”
    “They did a good-”

    There was a knock at the door, and Walter Phelan  called  out,  “Come
in.”
    A Zan stood in the doorway.
    “Hello George,” said Walter.
    “Hel-lo Wal-ter,” said the Zan.
    It may or may not have been the same Zan, but it was always the  same
ritual.
    “What’s on your mind?” Walter asked.
    “An-oth-er crea-ture sleeps and will  not  wake.A  small  fur-ry  one
called a wea-sel.”
    Walter shrugged.
    “It happens, George. Old Man Death. I told you about him.”
    “And worse. A Zan has died. This morning.”
    “Is that worse?” Walter looked at him blandly. “Well, George,  you’ll
have to get used to it, if you’re going to stay around here.”
    The Zan said nothing. It stood there.
    Finally Walter said, “Well?”
    “A-bout wea-sel You ad-vise same?”
    Walter shrugged again. “Probably won’t do any  good.  But  sure,  why
not?”
    The Zan left.
    Walter could hear his footsteps dying away outside. He  grinned.  “It
might work, Martha,” he said.
    “Mar – My name is Grace, Mr Phelan. What might work?”
    “My name is Walter, Grace. You might as well  get  used  to  it.  You
know, Grace, you do remind me a lot of Martha. She was my wife.She died  a
couple of years ago.”
    “I’m sorry,” said Grace “But what might work? What were  you  talking
about to the Zan?”
    “We’ll know tomorrow,” Walter said. And she couldn’t get another word
out of him.
    That was the fourth day of the stay of the Zan.
    The next was the last.
    It was nearly noon when one of the Zan came.  After  the  ritual,  he
stood  in  the  doorway,  looking  more  alien  than  ever.  It  would  be
interesting to describe him for you, but there aren’t words.
    He said, “We go. Our coun-cil met and de-cid-ed,”
    “Another of you died?”
    “Last night This is pla-net of death ”
    Walter nodded. “You did your share. You’re leaving  two  hundred  and
thirteen creatures alive, out of quite a few billion. Don’t hurry back.”
    “Is there an-y-thing we can do?”
    “Yes. You can hurry. And you can leave our door unlocked, but not the
others. We’ll take care of the others.”
    Something clicked on the door; the Zan left.
    Grace Evans was standing, her eyes shining.
    She asked, “What -? How -?”
    “Wait,” cautioned Walter. “Let’s hear them blast off. It’s a sound  I
want to remember.”
    The sound caiue within minutes,  and  Walter  Phelan,  realizing  how
rigidly he’d been holding himself, relaxed in his chair.
    “There was a snake in the Garden of Eden, too, Grace, and it  got  us
in trouble,” he said musingly. “But this one made up for it.  I  mean  the
mate of the snake that died day before yesterday. It was a rattlesnake.”
    “You mean it killed the two Zan who died? But -”
    Walter nodded, “They were babes in the woods here. When they took  me
to look at the first creatures who ‘were asleep and wouldn’t wake up,’ and
I saw that one of them was a rattler, I had an idea, Grace. Just maybe,  I
thought, poison creatures were a development peculiar to Earth and the Zan
wouldn’t know about them. And, too, maybe their metabolism was enough like
ours so that the poison would kill them. Anyway, I  had  nothing  to  lose
trying. And both maybes turned out to be right.”
    “How did you get the snake to -”
    Walter Phelan grinned. He said, “I told them what affection was. They
didn’t know. They were interested, I found, in  preserving  the  remaining
one of each species as long as possible, to study the picture  and  record
it before it died. I told them it would die  immediately  because  of  the
loss of its mate, unless it had affection  and  petting  –  constantly.  I
showed them how with the duck. Luckily it was a tame one, and  I  held  it
against my chest and petted it a while to show them. Then I let them  take
over with it – and the rattlesnake.”

    He stood up and stretched, and then sat down again more comfortably.
    “Well, we’ve got a world to plan,” he said. “We’ll have  to  let  the
animals out of the ark, and that will take some thinking and deciding. The
herbivorous wild ones we can let go right away. The domestic  ones,  we’ll
do better to keep and take charge of; we’ll need them. But the carnovora –
Well, we’ll have to decide. But I’m afraid it’s got to be thumbs down.”
    He looked at her. “And the human race. We’ve got to make  a  decision
about that. A pretty important one.”
    Her face was getting a little pink again, as it  had  yesterday;  she
sat rigidly in her chair.
    “No!” she said.
    He didn’t seem to have heard her. “It’s been a  nice  race,  even  if
nobody won it,” he said. “It’ll be starting over again now, and it may  go
backward for a while until it gets its breath, but we can gather books for
it and keep most of its knowledge intact, the important things anyway.  We
can -”
    He broke off as she got up and started for the door. Just the way his
Martha would have acted, he thought, back in the days when he was courting
her, before they were married.
    He said, “Think it over, my dear, and take your time. But come back.”
    The door slammed. He sat waiting, thinking out all the  things  there
were to do, once he started, but iis no hurry to start them; and  after  a
while he heard her hesitant footsteps coming back.
    He smiled a little. See? lt wasn’t horrible, really.
    The last man on Earth sat alone in a room. There was a knock  on  the
door…

 
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Publicado por en octubre 16, 2013 en Books, Short Story

 

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“En el mar… vida.”

“En el mar… vida.”

            Era una extraña noche de verano. Caminaba por una pequeña avenida junto al mar. Escuchaba el sonido de las olas acariciando la arena. Olía su fuerte aroma a sal y frescura. Llamaba poderosamente la atención el estremecedor silencio de voces humanas. No había nadie ni hombre, mujer ó niño que pudiera encontrar a su paso ó a lo lejos. Estaba solo. Él, el mar y ese incómodo empedrado que cubría la avenida. De pronto tuvo la certeza de que no caminaba, corría… sí, corría pero ¡¿por qué?! No lo recordaba. Ni siquiera sabía lo que hacía en aquel lugar frente al océano. ¿Huía de algo o de alguien? ¿Se dirigía a algún lugar? ¿Por qué estaba descalzo? Conservaba la ropa, podía sentirla mientras seguía corriendo, aparentemente en dirección hacia el embarcadero. Frenó en seco sus pasos al llegar frente a una vieja barca de madera que debía llevar abandonada allí mucho tiempo. Le dolían terriblemente los pies. Bajó la vista y sus ojos, irritados por el roce del viento envenenado con los perfumes del mar, apreciaron las cortadas en sus pies. Sangraban. ¿Cuánto tiempo llevaba corriendo descalzo?  Se quedó de pie observando aquella vieja barca que habían cubierto de dibujos y palabras. Era como un pequeño lienzo multicolor medio enterrado en la arena.

            Se acercó a mirar algunas de las inscripciones. Sobre todas las palabras, destacaba una frase: “El mar es ahora tu hogar, adéntrate en él y encontrarás tu vida.” Un conjunto de palabras sin sentido pero que tenían cierta melodía al leerlas en voz alta.

            Ahora ya no corría, sin embargo, podía sentir como avanzaba hacia adelante. Su cuerpo se movía aunque con cierta dificultad y notaba sus ropas mojadas. Las heridas de los pies le quemaban como si les hubieran echado sal. De pronto lo comprendió, estaba caminando hacia el océano infinito que tenía delante de él. “El mar es ahora tu hogar”, sonaba en su cabeza una y otra vez.

            Mi hogar. Mi vida. A él pertenezco, no puedo evitarlo.

            Me hundo. No puedo respirar.

            Ahora lo entiendo. Ahora te escucho. Ahora te veo. Te veo a ti, amada mía, que un día te perdiste en este mar azul y profundo que hoy nos ha vuelto a reencontrar.

            Ya siento la vida. Ya siento la libertad.

 
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Publicado por en septiembre 5, 2013 en Short Story

 

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